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viernes, 20 de febrero de 2009

Revista Luz del Alma...


Amar y Despetar


John Welwood

 

 

Aceptarnos a nosotros mismos de manera incondicional no significa abandonarnos estúpidamente a las emociones o a una conducta inapropiada. Tampoco significa colmarnos de aseveraciones o similares sobre nosotros mismos. De hecho, gustarnos a nosotros mismos por alguna razón -porque aprobamos nuestro comportamiento o porque estamos a la altura de alguna norma- es una autoaceptación condicional. La autoaceptación incondicional es de un orden totalmente diferente a ésta, significa permitimos a nosotros mismos tener nuestra experiencia, cualquiera que ésta pueda ser.

 

La amorosa benevolencia y la conciencia más profunda son los elementos esenciales para una autoaceptación incondicional, así como para cualquier crecimiento o curación real. ¿Cómo podemos cultivar estas cualidades? A través de una disposición para investigarreconocerpermitir yabrirnos plenamente a nuestra experiencia.

 

Primero, necesitamos estar dispuestos a investigar lo que está pasando en nuestro interior, en lugar de limitarnos a reaccionar ante ello de manera automática. A menudo pensamos que sabemos lo que estamos experimentando -«Estoy enfadado, eso es todo» o «Sólo es un complejo de la infancia»- sin entender lo que realmente está pasando. Si reflexionamos con más profundidad, descubrimos que hay más en cualquier experiencia de lo que podemos entender a primera vista. Así pues, necesitamos estar dispuestos a preguntamos, «¿Qué está pasando aquí?» y reflexionar de verdad con una mente abierta, en lugar de asumir que ya lo sabemos.


En segundo lugar, podemos reconocer lo que está pasando: «Sí, esto es lo que estoy experimentando ahora mismo. Me siento amenazado... herido... enfadado... receloso». El reconocimiento implica reconocer y nombrar lo que está pasando, así como invitarlo a tomar conciencia. No deberíamos subestimar el poder del reconocimiento desnudo. El simple hecho de reconocer lo que está pasando, en lugar de reaccionar ante ello automáticamente, nos permite cambiar de una postura pasiva a una activa, que ya nos ofrece una libertad mayor.

 

En tercer lugar, podemos permitir a nuestra experiencia que esté ahí, tal y como es. El permitirnos tener nuestra experiencia no significa que nos revolquemos en los sentimientos o que los expresemos. En vez de eso, implica ofrecernos a nosotros mismos espacio para tener nuestra experiencia: sosteniendo con cuidado y conocimiento nuestros sentimientos y ablandándonos a su alrededor, y no endureciéndonos contra ellos o imponiéndoles nuestros juicios. Con frecuencia esto nos lo hace pasar mal porque subconscientemente nos identificamos con nuestros sentimientos («esta ira soy yo») o por el contrario los rechazamos («esta ira no soy yo»). Así pues, puede requerir algo de tiempo y de concentración relacionarnos con nuestra experiencia de esta manera.


Si un sentimiento es particularmente intenso, lo que a menudo nos ayuda es respirar profundamente y concederle mucho espacio, permitiéndole extenderse tanto como desee. Esto libera cualquier sensación de presión interior, resultante de resistirse a un sentimiento o contraerse ante él. Si nos sentimos demasiado amenazados por nuestra experiencia como para ofrecerle espacio, lo que normalmente está indicando es que alguna historia -un juicio o creencia agazapado en la sombra- se ha activado en nuestra mente. Las historias que más interfieren a menudo toman la forma de: «Si siento esto, pasará algo malo», o «Este sentimiento quiere decir algo malo sobre mi... o sobre mi vida... o sobre la otra persona». Reconocer y nombrar esas historias nos ayuda a desecharlas y volver a llevar nuestra atención a nuestra experiencia sentida físicamente.


En cuarto lugar, podemos abrirnos más completamente a lo que estamos experimentando: lo cual nos hace más completamente presentes. En lugar de tratar de juzgar, explicar, o manipular cómo nos sentimos, podemos simplemente mantener una presencia abierta frente a ello. Lo más importante no es qué estamos sintiendo sino el proceso de abrimos a ello.

 

Los sentimientos en sí no necesariamente nos conducen a una sabiduría mayor, pero el proceso de abrimos sí que puede hacerlo. Cuando nuestro foco cambia de la emoción en sí -como un objeto de placer o dolor- a nuestro estado de presencia con él, nos trasladamos del reino de la personalidad al espacio primordial de ser. Sólo en esta presencia primordial podemos encontrar los recursos que necesitamos para enfrentarnos a nuestra situación. Y cuando estamos presentes con un sentimiento, en lugar de reaccionar ante él como bueno o malo, la guerra interior -entre lo propio y lo Ajeno, entre «yo» y «mi experiencia»- empieza a calmarse. Entonces nuestra conciencia puede actuar sin tantas obstrucciones, y nos permite percibir con más claridad lo que realmente está pasando y lo que necesita hacerse.


Con frecuencia nos resulta sorprendente cómo algo tan simple como permitirnos tener nuestra experiencia puede afectar inmediatamente a cómo nos relacionamos con una situación cercana. Por ejemplo, la primera vez que mi hijastro volvió a casa desde la universidad para pasar el verano, me encontré a mí mismo tenso y algo cerrado. Había estado disfrutando de tener a mi esposa sólo para mí y me sentía poco dispuesto a renunciar a ello. Al principio me censuré por ser egoísta, pero sólo conseguí sentirme más tenso. Estaba claro que estaba pasando algo más que necesitaba mi atención.


Cuando analicé con más cuidado mi reacción, descubrí algo de miedo, que el acto de cerrarme había sido una manera de evitar. El reconocer y permitirme este miedo, me ayudó a comprender que una antigua y exagerada historia de mi pasado estaba distorsionando mi percepción: tenía miedo de que mis necesidades no fue ran satisfechas y de que se me dejara de lado. Mientras intentaba devorar mi miedo, permanecía en un estado de tensión porque realmente estaba dejando de lado mi propia experiencia. Pero tan pronto como renuncié a pelearme con el miedo y pude verlo como era, me empecé a relajar y recuperé mi lugar.


Hacernos amigos de nosotros mismos implica todos estos elementos: recuperar la capacidad de reconocimiento, permitir, comprender, abrirnos y después, como resultado, encontrar nuestro lugar y estar más completamente presentes, de una pieza en nosotros mismos. Esta clase de amistad incondicional, nacida de la unión de la conciencia y la amistosa benevolencia, es lo que más ansiábamos obtener de nuestros padres; es lo que buscamos en nuestros profesores, terapeutas, amigos y amantes, y finalmente es lo que necesitamos de nosotros mismos. Cuando empezamos a relacionarnos con nuestra experiencia de esta manera, normalmente encontramos que nuestra pareja también se siente más perceptiva y conectada con nosotros.

 

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